Miércoles de la Octava de Pascua

Templo Carmelitas ­

  • 19:00 Misa
  • A continuación exposición del Santísimo hasta las 20:30

Lectura de la Biblia: 2 Samuel 7 – 9

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 3, 1-10

En aquellos días, Pedro y Juan subían al tempo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:
«Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:
«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Salmo

Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9 R/. Que se alegren los que buscan al Señor

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas todos los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R/.

Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R/.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.

 

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35

 

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana la sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria».
Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Reflexión del Evangelio

De https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/20-4-2022/

En nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar

En esta primera lectura, un lisiado de nacimiento pide a Pedro y Juan lo que a todos, algo de dinero. Pero se encuentra con la grata sorpresa de que Pedro le ofrece algo mejor: la curación de su limitación física, gracias al poder que había recibido de Jesucristo Nazareno. El curado “entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios”.

El poder de hacer curaciones corporales se le ha dado Jesús a pocos de sus seguidores. Pero a todos sus seguidores, a todos nosotros, junto con su amistad, nos ha regalado su evangelio, su buena noticia, la que es capaz de llenar nuestro corazón de alegría, de sentido, de esperanza. Y es ese mismo regalo el que debemos ofrecer a los que nos rodean para que se realice en ellos el milagro de su corazón, donde Jesús y su evangelio reinen. Con Jesús y su buena noticia se vive mejor. “Id por todo el mundo y predicad el evangelio”.

Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída

El evangelio de hoy nos relata el pasaje del encuentro de Jesús con los dos discípulos de Emaús. Jesús, sin darse a conocer, se puso a caminar con ellos. Y hablaron, cómo no, de los últimos acontecimientos vividos, es decir, de la pasión y muerte de Jesús. Estos dos discípulos se quedaban ahí, en la muerte, no eran capaces de llegar a la resurrección, a pesar del anuncio de algunas mujeres de su grupo de que Jesús estaba vivo y su sepulcro vacío.

Jesús, reconociendo la torpeza de estos dos seguidores suyos, con paciencia, trata de recordarles todo lo que los profetas habían anunciado de él. Le piden que se quede con ellos “porque atardece y el día va de caída”. Jesús acepta esta invitación para cenar con ellos. Estando a la mesa repitió el gesto de la última cena, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Fue entonces cuando “a ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció”.

Pidamos a Jesús que tenga paciencia con nuestra torpeza y que nos explique  cuantas veces sean necesarias quién es, para que le reconozcamos como el Hijo de Dios, crucificado, muerto y resucitado, el que permanece siempre con nosotros, el que hace latir y arder nuestro corazón al ritmo de sus palabras y de su amor.

Fray Manuel Santos Sánchez O.P.