Miércoles de la XXIII semana del Tiempo Ordinario

septiembre 9, 2020

Templo de las Carmelitas

  • 19:00 Misa
  • 19:30 Adoración al Santísimo

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 7, 25-31

Hermanos:
Acerca de los célibes no tengo precepto del Señor, pero doy mi parecer como alguien que, por la misericordia del Señor, es fiel.

Considero que, por la angustia que apremia, es bueno para un hombre quedarse así.
¿Estás unido a una mujer? No busques la separación.
¿Estás libre de mujer? No busques mujer; pero, si te casas, no pecas; y, si una soltera se casa, tampoco peca. Aunque estos tales sufrirán ¡a tribulación de la carne; y yo quiero ahorrársela.
Digo esto, hermanos, que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

 

Salmo

Sal 44, 11-12. 14-15. 16-17 R/. Escucha, hija, mira: inclina el oído

 

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu Señor. R/.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras. R/.

Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.
«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra». R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 20-26

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!
¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas».

Reflexión

De https://www.dominicos.org/predicacion

El momento es apremiante

San Pablo a los Corintios, nos insiste en que este mundo se acaba, para él es inminente el final de este mundo, por eso hay que lanzar una mirada a nuestra vida.

Para San Pablo, ya no es momento de cambios personales, hay que vivir de acuerdo al estado de vida con la que se ha vivido. No hay que buscar la separación o el matrimonio de manera inmediata, porque este tiempo nos apremie.

Si alguien nos anunciara el final de nuestros días, posiblemente no lo tomaríamos en serio, debido a que muchos visionarios ya han anunciado la misma catástrofe dejando un reguero de muertos para darle credibilidad a sus pseudo – profecías.

Lo que sí es cierto, es que nuestra vida es limitada, en algún momento hemos de devolverle el aliento de vida a Dios. La cuestión es cómo nos preparamos para ello. Preguntarnos si hay agradecimiento en nuestro corazón por la vida recibida de Dios, puede ser un primer paso.

Podemos vernos llenos de vida y fuerza, pero el tiempo apremia, porque nunca sabremos cuándo nos vendrá la hora. La pandemia que aún estamos padeciendo nos lo recuerda cada día. Seguimos viviendo en la fragilidad y vulnerabilidad de nuestra vida.

Ni el temor, ni la lejanía en nuestros proyectos del momento de la muerte, nos justifica para dejar de prepararnos para este acontecimiento especial, ya que es el último momento de nuestro presente.

Vivir como si la vida no fuera nuestra es lo que propone San Pablo como solución. Y es cierto, la vida es de Dios, aunque es nuestro deber cuidarla, y ser protagonistas de nuestro destino, la vida sigue siendo de Dios, y lo mismo que un día nos llamó a la vida, también nos llamará a la gratitud, a la participación de su vida con Él.

Vuestro es el Reino De Dios

San Lucas, en el Capítulo 6, nos presenta las Bienaventuranzas, en concreto son cuatro, que contrapone con otras cuatro malaventuranzas.

Llama la atención la primera donde proclama la alegría del pobre, porque los que no tienen nada, serán herederos del Reino de Dios. En esta pandemia, una vez que se abrió paso al desconfinamiento de la población, crecieron en número en nuestro país. Se les ve hacinados bajo los puentes que dan al río, en las puertas de los templos, en las calles más transitadas, alzando sus manos pidiendo limosna. Son los invisibles en este mundo visible. Y aún sólo estoy hablando de un país desarrollado. La visión aún ha de ser más amplia, cuando se trata de un país pobre. La pobreza está más extendida, y la invisibilidad social aún es mayor.

La primera bienaventuranza proclama que serán los herederos del Reino de Dios. La primera mirada del proyecto de Salvación propuesto por Dios por medio de Jesucristo es hacia ellos, los pobres.

El anuncio de la felicidad para los que lloran, de la saciedad para los que tienen hambre muestran también la irrupción del Reino de Dios, que con la presencia de Jesús de Nazaret se hace posible. Se llora cuando el corazón se encuentra quebrado por el dolor, aunque también se llora por la emoción que nos suscitan acontecimientos importantes que llenan nuestro corazón de alegría, o nos recuerdan lo que hemos amado. La bienaventuranza se centra en los que tienen el corazón quebrado por el dolor y el sufrimiento, los necesitados del consuelo de Dios. Un corazón quebrado, necesita de curación, de sanación, de una mano creadora llena de amor para que ese corazón vuelva a latir con amor esperanzado.

Las malaventuranzas, no es ningún deseo de que, a las personas ricas, alegres, y saciadas les suceda el mal. Se les proclama malaventurados porque ellos son protagonistas de su propia desdicha. Han preferido las riquezas, la hartura y la superficialidad alejándose de Dios. Ellos son los protagonistas y hacedores de su propia condena. Hay que hacer notar que no se condenan a todos los que tienen riquezas, fundamentalmente se mira a la persona, y a la manera en que su corazón se adhiere a lo material, haciendo de la riqueza el único fundamento de su vida, sólo miran a sus esfuerzos y a lo que pueden comprar. Esos son autores de su propia desdicha.

Nuestra oración se eleva hoy por los más desfavorecidos, por los faltos de ilusión, por los que no tienen para comer, por los que tienen el corazón quebrado por el sufrimiento y el dolor… para que Dios se haga presente en sus vidas y les procure una situación más digna de vida

Fray Alexis González de León O.P.
Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

Santa María de la Cabeza

De Aciprensa
María de la Cabeza nació en Madrid o no lejos de esta localidad. Sus padres, piadosos y honestos, pertenecían al grupo de los llamados mozárabes. Fue esposa de san Isidro Labrador. No es fácil decir con qué santidad y trabajos llevó su vida de mujer casada. Sus ocupaciones eran arreglar la casa, limpiarla, guisar la comida, hacer el pan con sus propias manos, todo tan sencillo que lo único que brillaba en su vida eran la humildad, la paciencia, la devoción, la austeridad y otras virtudes, con las cuales era rica a los ojos de Dios. Con su marido era muy servicial y atenta. Vivían tan unidos como si fueran dos en una sola carne, un solo corazón y un alma única. Le ayudaba en los quehaceres rústicos, en trabajar las hortalizas, y en hacer pozos no menos que en el oficio de la caridad, sin abandonar nunca su continua oración.

Como ambos esposos no tenían mayor ilusión que llevar una vida pura y fervorosamente dedicada a Dios, un día se pusieron de acuerdo para separarse, después de criar su único hijo, quedándose él en Madrid, y ella marchándose a una ermita, situada en un lugar próximo al río Jarama. Su nuevo género de vida solitaria, casi celeste, consistía en obsequiar a la Virgen, hacer largas y profundas meditaciones, teniendo a Dios como maestro, limpiar la suciedad de la capilla, adornar los altares, pedir por los pueblos vecinos ayuda para cuidar la lámpara, y otros menesteres.

Estando entregada a esta clase de vida piadosa, unos hombres enemigos, sembradores de cizaña en aquel campo tan limpio de malas hierbas, comunicaron a Isidro que hacía mala vida con los pastores. El santo varón, buen conocedor de la fidelidad y del pudor de su esposa, rechazó a los delatores como agentes del diablo. De todos modos quiso saber de donde habían sacado aquellas especulaciones. La siguió los pasos uno de tantos días. Con sus propios ojos vio que su mujer, como de costumbre, con la mayor naturalidad, se acercó al río, que, aquel día bajaba lleno de agua,  por las lluvias abundantes caídas y, con mucho ímpetu extendió su mantilla sobre la corriente y, como si fuera una barquilla, pasó tranquilamente a la otra orilla, sin dificultad alguna. Con la contemplación directa de esta escena, repetida en otros días, el honor de esta mujer continuó intacto ante su marido y ante los vecinos de la comarca.

En los últimos años de su vida regresó a Madrid y de nuevo empezó a vivir con la admirable vida santa de antes. Después de morir su marido, volvió a su querida casa de la Virgen, como si fuera una ciudad bien defendida por Dios. En este lugar murió, llena de años y méritos.

Fue enterrada piadosa y religiosamente en la misma ermita, en un lugar, especialmente escogido por miedo a una posible profanación de los sarracenos. Cuando éstos fueron expulsados a sus tierras africanas, vigente todavía el ejemplo de la vida santa de esta mujer, fueron localizados sus restos, gracias a una inspiración del cielo. Al sacarlos, todos advirtieron un olor especialmente agradable, nunca percibido.

Hoy sus restos se veneran en Madrid. Muchos aseguran que hace incontables milagros, principalmente curaciones repentinas de dolores de cabeza. Todas esas circunstancias, examinadas por jueces apostólicos, hicieron que Inocencio XII aprobara su culto inmemorial y que últimamente Benedicto XIV le concediera Misa y Oficio propio, asignando la fiesta para un día de mayo en Madrid y en toda la diócesis toledana.