Domingo II después de Navidad

enero 4, 2020

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Templo de las Carmelitas

  • 10:00 Misa
  • 20:00 Misa. Sufragio, Margarita Álvarez Daudén, Dif. Familia Benito Simón.

Ermita de Campolivar

  • 11:30   Misa

Ermita del Salvador

  • 12:30 Misa

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (24,1-2.8-12):

LA sabiduría hace su propia alabanza,
encuentra su honor en Dios
y se gloría en medio de su pueblo.
En la asamblea del Altísimo abre su boca
y se gloría ante el Poderoso.
«El Creador del universo me dio una orden,
el que me había creado estableció mi morada
y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob,
y fija tu heredad en Israel”.
Desde el principio, antes de los siglos, me creó,
y nunca más dejaré de existir.
Ejercí mi ministerio en la Tienda santa delante de él,
y así me establecí en Sión.
En la ciudad amada encontré descanso,
y en Jerusalén reside mi poder.
Arraigué en un pueblo glorioso,
en la porción del Señor, en su heredad».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 147,12-13.14-15.19-20

R/. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

V/. Glorifica al Señor Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.

V/. Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R/.

V/. Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,3-6.15-18):

Bendito sea el Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo
para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
Él nos ha destinado por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad,
a ser sus hijos,
para alabanza de la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
Por eso, habiendo oído hablar de vuestra fe en Cristo y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Reflexión del Evangelio

Queridos amigos:
¡Feliz fiesta de la Epifanía! “Epifanía” significa “manifestación”, “desvelamiento”. Y
eso es lo que celebramos hoy como Iglesia: que Dios se ha manifestado… ¡a todos los
pueblos! Y lo ha hecho de manera que todos le podamos comprender, recibir y acoger:
en la humildad de una carne mortal como la nuestra.
Los tres magos de Oriente representan a los distintos pueblos y razas de la tierra.
Para todos ha venido el Salvador. No sólo para el pueblo de Israel, sino que, a través del
resto fiel de ese pueblo, el Señor quiere llegar con su presencia hasta los confines del
mundo y hasta los rincones de todos los corazones.
Recorriendo el relato que nos presenta hoy el Evangelio, podemos reconocer
en los magos de Oriente unos “discípulos misioneros”, modelos de la llamada que
nos viene recordando el Papa Francisco. ¿Y cómo pueden ser los magos unos
discípulos misioneros?
· En primer lugar, porque buscan signos. No se limitan a ver pasar la vida, sino que
en ella buscan aquello que los lleve a Dios y a descubrir su voluntad. Son inquietos.
Son buscadores.
· En segundo lugar, porque preguntan. Y preguntar es la primera tarea de todo dis-
cípulo. Reconocen que no saben y preguntan a quién cree que les puede ayudar,
orientar, aconsejar. Porque si no hay preguntas, sobran todas las respuestas.
· En tercer lugar, caminan. Porque de nada sirve mirar y preguntar si eso no lleva
a un movimiento. Salen de su tierra, se movilizan, hacen todo un camino… como
Abraham y Sara, como tantos otros hombres y mujeres de nuestro mundo.
· Y también adoran. Porque adorar es la actitud cabal del discípulo que encuentra la
Luz, y ante esa presencia pone su vida y todo su ser.
Por último, estos gestos de discípulos que tienen los magos se completan con su
ser misioneros. En el relato viene apuntado en la última frase: “se marcharon a su
tierra…”. ¿Qué dirían, qué contarían, qué harían… a partir de lo que encontraron
en Belén?
Eso es ser misionero: anunciar con las palabras y mostrar con las acciones que
Dios está con nosotros y por nosotros en la persona de Jesús, abriéndonos cami-
nos de nueva vida.
Ser “discípulos misioneros”, al estilo de los magos de Oriente, todo un regalo y toda
una tarea que se nos recuerda en la festividad de la Epifanía.