San Juan. Apóstol y Evangelista

diciembre 27, 2019

Ermita del Salvador

  • 19:00 Exposición del Santísimo
  • 20:00 Misa. Sufr.Amparo Lladró Polo; Rafael Capuz Bonilla y Miguel Capuz Lladró

Primera lectura

Comienzo de la primera carta del apóstol san Juan (1,1-4):

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 96,1-2.5-6.11-12

R/. Alegraos, justos, con el Señor

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono. R/.

Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R/.

Amanece la luz para el justo,
y la alegría para los rectos de corazón.
Alegraos, justos, con el Señor,
celebrad su santo nombre. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,2-8):

El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Palabra del Señor

Reflexión del Evangelio

Por: Nubia Celis, Verbum Dei

Hoy celebramos la fiesta de san Juan, el discípulo amado, el que se recostó sobre el pecho de Jesús y le conoció más íntimamente. ¿De qué serviría saber cosas de Dios si no tratáramos familiarmente con él?

Así nos dice Jesús: “Por un momento detente y piensa: ¿y si el mundo me conociera? Cuántos me siguen buscando -equivocadamente- en el poder, el honor y los placeres. Cuántos viven con el corazón vacío y roto por pura ignorancia. Que los cielos se asombren y tiemblen espantados por eso; doble falta ha cometido mi pueblo: me han abandonado a mí, que soy manantial de aguas vivas y se han cavado pozos agrietados que no contienen el agua (Jer 2,12).

Pero yo, su Dios, no me doy por vencido. Mi amor supera su infidelidad y cubre todas sus faltas; mi corazón anhela el día de su vuelta, cuando sus ojos se abran y me reconozcan. Por eso vive así: pobre, débil e indefenso, para que no me temieran y confiaran en mí. No vine como un guerrero, ni como un rey prepotente; no vine para condenar ni reprobar.

Esto es lo que quiero: que te enamores de mí. Déjame ocupar el lugar más importante en tu corazón, deja que sea yo quien te dé razones para vivir y te muestre los caminos por donde debes seguir (Is 30). No pierdas la paz enredándote en asuntos sin importancia, ni te dejes esclavizar por pasiones inútiles.

No te preocupes por lo que comerás o vestirás ni por añadir un centímetro a tu estatura o tener ya superadas todas tus metas. Sencillamente vive confiado en mis manos, déjate llevar y sé dócil a mi Espíritu. Cuando estés en peligro, cuando los demás hablen mal de ti, cuando tu misma conciencia te acuse, cuando caigas de nuevo en el mismo error, cuando no tengas ganas de dar un paso más, simplemente recuerda que el mismo Espíritu por el que todo fue creado está en ti (Rom 5,5).

Camina según el Espíritu, así no realizarás los deseos ni apetencias de la carne, pues tú ya no perteneces al mundo (Gal 5,16-22). Las cosas no deben gobernarte, más bien, tú debes gobernarlas a ellas y utilizarlas para tu bien y el de tus hermanos. Sigue sumergiéndote en el mar de mi misericordia, pues como Juan, tú eres mi discípulo amado, así darás testimonio de mí y muchos me conocerán.”

San Juan. Apóstol y evangelista

SAN JUAN el Evangelista, a quien se distingue como “el discípulo amado de Jesús” y a quien a menudo le llaman “el divino” (es decir, el “Teólogo”) sobre todo entre los griegos y en Inglaterra, era un judío de Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, con quien desempeñaba el oficio de pescador.

Junto con su hermano Santiago, se hallaba Juan remendando las redes a la orilla del lago de Galilea, cuando Jesús, que acababa de llamar a su servicio a Pedro y a Andrés, los llamó también a ellos para que fuesen sus Apóstoles. El propio Jesucristo les puso a Juan y a Santiago el sobrenombre de Boanerges, o sea “hijos del trueno” (Lucas 9, 54), aunque no está aclarado si lo hizo como una recomendación o bien a causa de la violencia de su temperamento.

Se dice que San Juan era el más joven de los doce Apóstoles y que sobrevivió a todos los demás. Es el único de los Apóstoles que no murió martirizado.

En el Evangelio que escribió se refiere a sí mismo, como “el discípulo a quien Jesús amaba”, y es evidente que era de los más íntimos de Jesús. El Señor quiso que estuviese, junto con Pedro y Santiago, en el momento de Su transfiguración, así como durante Su agonía en el Huerto de los Olivos. En muchas otras ocasiones, Jesús demostró a Juan su predilección o su afecto especial. Por consiguiente, nada tiene de extraño desde el punto de vista humano, que la esposa de Zebedeo pidiese al Señor que sus dos hijos llegasen a sentarse junto a Él, uno a la derecha y el otro a la izquierda, en Su Reino.

Juan fue el elegido para acompañar a Pedro a la ciudad a fin de preparar la cena de la última Pascua y, en el curso de aquella última cena, Juan reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús y fue a Juan a quien el Maestro indicó, no obstante que Pedro formuló la pregunta, el nombre del discípulo que habría de traicionarle. Es creencia general la de que era Juan aquel “otro discípulo” que entró con Jesús ante el tribunal de Caifás, mientras Pedro se quedaba afuera. Juan fue el único de los Apóstoles que estuvo al pie de la cruz con la Virgen María y las otras piadosas mujeres y fue él quien recibió el sublime encargo de tomar bajo su cuidado a la Madre del Redentor. “Mujer, he ahí a tu hijo”, murmuró Jesús a su Madre desde la cruz. “He ahí a tu madre”, le dijo a Juan. Y desde aquel momento, el discípulo la tomó como suya. El Señor nos llamó a todos hermanos y nos encomendó el amoroso cuidado de Su propia Madre, pero entre todos los hijos adoptivos de la Virgen María, San Juan fue el primero. Tan sólo a él le fue dado el privilegio de llevar físicamente a María a su propia casa como una verdadera madre y honrarla, servirla y cuidarla en persona.