Lunes de la IV semana de Cuaresma

abril 1, 2019

Ermita del Salvador

  • 19:30 Rosario
  • 20:00 Misa

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (65,17-21):

ESTO dice el Señor:
«Mirad: voy a crear un nuevo cielo
y una nueva tierra:
de las cosas pasadas
ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento.
Regocijaos, alegraos por siempre
por lo que voy a crear:
yo creo a Jerusalén “alegría”,
y a su pueblo, “júbilo”.
Me alegraré por Jerusalén
y me regocijaré con mi pueblo,
ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido;
ya no habrá allí niño
que dure pocos días,
ni adulto que no colme sus años,
pues será joven quien muera a los cien años,
y quien no los alcance se tendrá por maldito.
Construirán casas y las habitarán,
plantarán viñas y comerán los frutos».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 29,2.4.5-6.11-12a.13b

R/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

V/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

V/. Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R/.

V/. Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (4,43-54):

EN aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado:
«Un profeta no es estimado en su propia patria».
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.
Jesús le dijo:
«Si no veis signos y prodigios, no creéis».
El funcionario insiste:
«Señor, baja antes de que se muera mi niño».
Jesús le contesta:
«Anda, tu hijo vive».
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:
«Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».
El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

Palabra del Señor

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

DE catholic.net

Cada vez que leo este Evangelio me acuerdo de muchos momentos en que he tenido una dificultad muy grande, porque realmente me doy cuenta de que Dios es un enamorado de primera.
¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Cuando era joven recuerdo que mi padre se compró unos lentes de sol por un problema que tenía, inmediatamente me pidió que buscará un par de lentes para mi madre, compró ambos y los escondió. Cuando mi madre vio a mi padre con lentes nuevos se enojó, pensó que no se había acordado de ella, y de camino al coche se preguntaba por qué no le había comprado nada. Para sorpresa de mi mamá, aparecieron unos lentes nuevos para mujer, ella se emocionó mucho y le dio un beso a mi padre.
Creo que el padre del niño del Evangelio se preguntó si era cierto lo que iba a ver, si iba a ver curado a su hijo; lo digo porque, veces, probamos de todo y no nos damos cuenta de lo cerca que tenemos la respuesta. Este funcionario regresa a su casa y encuentra a su hijo, curado, un regalo que Jesucristo le da. Dios espera hasta el último momento y nos da una pizca de esperanza cada vez que nos vemos rodeados de afanes y recurrimos a su auxilio.
Señor, que no me olvide jamás de todos los detalles que has tenido conmigo, que me dé cuenta de lo mucho que me amas y de cómo me das lo que necesito al punto de consentirme con muchos detalles.

«Creo que no existe un teólogo que pueda explicar esto: no se puede explicar. Sobre esto sólo se puede reflexionar, sentir y llorar de alegría: el Señor nos puede cambiar. Creer, creer que el Señor puede cambiarme, que Él puede. Exactamente lo que hizo con el funcionario del rey que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Ese hombre le pedía a Jesús que bajase a curar a su hijo, porque estaba por morir. Jesús le respondió: “Anda, tu hijo vive”. Este padre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino: creyó, creyó que Jesús tenía el poder de curar a su niño. Y tuvo razón. La fe es dejar espacio a este amor de Dios; es dejar espacio al poder, al poder de Dios, al poder de alguien que me ama, que está enamorado de mí y desea la alegría conmigo. Esto es la fe. Esto es creer: es dejar espacio al Señor para que venga y me cambie.»
(Homilía de S.S. Francisco, 16 de marzo de 2015, en santa Marta).