Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

noviembre 10, 2018

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Templo de las Carmelitas

  • 10:30 Misa
  • 20:00 Misa. Sufragio  Margarita Álvarez Dauden

Ermita de Campolivar

  • 11:30 Misa

Ermita del Salvador

  • 12:30 Misa

Avisos

PEREGRINACIÓN AL TEMPLO JUBILAR SAN PEDRO APÓSTOL DE PATERNA
SÁBADO 17 DE NOVIEMBRE:

  • Salida: Desde la estación de Godella a las 10:45 h hasta la estación de Paterna

Grupo de Oración y Amistad:

  • Tendremos reunión el próximo lunes 12 de noviembre a las 18:00 h, en el Templo Carmelitas.

Este fín de semana,la Colecta irá destinada ala Iglesia Diocesana

Ya podéis adquirir en la Sacristía el EVANGELIO de 2019. El donativo es de 4,50€

Un Año Santo o Año Jubilar es un momento de gracia, un tiempo en el que la
Iglesia concede especiales gracias espirituales (indulgencias) con motivo de un acontecimiento eclesial de gran relevancia.

Los Años Santos son ordinarios cada 25 años en los que se celebra el aniversario del nacimiento de Jesús. La Iglesia también
declara otros Años Jubilares con carácter extraordinario, como en el caso del Año Santo de san Vicente Ferrer.

Para lograrlo, el cristiano debe alcanzar la indulgencia plenaria, viviendo activamente el Jubileo y cumpliendo las disposiciones
establecidas por la Santa Sede.

  • Durante la visita al templo jubilar, tras unos instantes de oración personal o haber participado en una celebración, terminamos rezando lo siguiente:• Acto de contricción.

    • Símbolo de la fe (Credo).

    • Peregrinar a uno de los templos jubilares.

    • Confesión sacramental.

    • Recibir la sagrada Comunión.

    • Orar por las intenciones del Papa.

    • Rezar el Padrenuestro y una invocación mariana.

El 5 de abril de 2019 celebraremos el sexto centenario de la muerte de San Vicente Ferrer. El Año Santo Vicentino quiere dar a conocer la figura histórica de san Vicente y, sobre todo, proponer a los cristianos el modelo de un hombre de Dios, siempre al servicio de la Iglesia. Además, la celebración de este aniversario debe suponer un nuevo impulso evangelizador en nuestra diócesis.

Primera lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (17,10-16):

En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.»
Mientras iba a buscarla, le gritó: «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.»
Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.»
Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.”»
Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 145,7.8-9a.9bc-10

R/. Alaba, alma mía, al Señor

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R/.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos. R/.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (9,24-28):

Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecia sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio. De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo esperan, para salvarlos.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,38-44):

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»
Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales.
Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

Palabra del Señor

Reflexión del Evangelio

La envidia nos resulta vergonzosa e inconfesable, pero está muy extendida en nuestra sociedad. El psiquiatra Enrique Rojas se atreve a decir que «todos la padecemos a lo largo de nuestra vida en mayor o menor medida, en unos momentos u otros según las circunstancias».
En los niños aflora con más claridad porque todavía no han aprendido a disimularla. Los adultos sabemos enmascararla mejor y la ocultamos de diversas maneras bajo forma de desprecio, descalificación, necesidad de superar siempre a los demás.
La envidia es un proceso a veces bastante complejo y soterrado, que puede hacer a la persona profundamente desgraciada incapacitándola de raíz para disfrutar de felicidad alguna. El envidioso nunca está contento consigo mismo, con lo que es, con lo que tiene. Vive resentido. Necesita
mirar de reojo a los demás, compararse, añorar el bien de los otros, estar por encima.
Por otra parte, vivimos en una sociedad que, con frecuencia, nos empuja a articular nuestras relaciones interpersonales en torno al principio de competitividad. Ya desde niños se nos enseña a rivalizar, competir, ser más que los demás. Hay personas que terminan viviendo desde una actitud competitiva. No piensan sino en términos de comparación. Inconscientemente, se sienten en la obligación de demostrar que son los más inteligentes, los más hábiles, los más seductores, los más poderosos.
Uno de los medios más utilizados para ello es demostrar que se tiene más que los demás, que uno puede comprar un modelo mejor, poseer una casa más lujosa, hacer unas vacaciones más caras. No nos atrevemos a confesarlo, pero en la raíz de muchas vidas dedicadas a ganar siempre más
y a conseguir un nivel de vida siempre mejor, solo hay un incentivo: la envidia.
Sin embargo, el que mira con envidia a los demás, no disfruta de lo suyo.
Por mucho que posea, siempre brotará en su interior la insatisfacción, el sufrimiento que corroe por dentro al ver que otros «tienen» tal vez más.
El evangelista Marcos nos muestra la diferente reacción de Jesús ante los fariseos que solo viven para aparentar, sobresalir y aprovecharse de los débiles, y ante una pobre viuda que sabe desprenderse incluso de lo poco que tiene para ayudar a otros más necesitados. Lo decisivo es siempre
vivir humanamente. Disfrutar de lo que se tiene y de lo que se es. Saber compartir. Vivir ante Dios.