21 de septiembre. San Mateo Apóstol y Evangelista

septiembre 21, 2018

Ermita del Salvador

  • 19:30 Rosario
  • 20:00 Misa

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,1-7.11-13):

Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 18,2-3.4-5

R/. A toda la tierra alcanza su pregón

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R/.

Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,9-13):

En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

De catholic.net

Muchas veces, durante mi vida, he contado mi historia vocacional. Algunos quedan impresionados de cómo Dios actuó, otros simplemente preguntan cosas superficiales, otros simplemente piensan que es otra historia más, pero hay algunas personas que creen que es la mejor historia, y esos somos Dios y yo porque es nuestra historia, juntos.
En el Evangelio de hoy leemos el famoso «sígueme» de Jesús a san Mateo narrado por el mismo evangelista. Puede ser que para nosotros es una parte más de Evangelio, importante sí, como todo el Evangelio, pero una parte más; para otros puede ser un recordatorio de su propia vocación y para otros, simplemente, el Evangelio que toca el día de hoy. Pero estoy seguro que para san Mateo éste no era solamente una parte, sino era todo su Evangelio, era su historia, en unas simples letras, de cómo encontró a su Señor.
Muchos de nosotros podemos, hoy, intentar escribir nuestro Evangelio. Ese lugar, ese momento específico donde escuchamos el «sígueme» de Jesús que nos hizo levantarnos de nuestro puesto cómodo y dejar todo por Él; y podemos escribir el  Evangelio de nuestra vida a partir de este encuentro con el Señor.
Pero lo importante de nuestro Evangelio es que no debe ser escrito solamente en una hoja de papel, sino que debe ser plasmado con mucha intensidad en nuestro corazón, para que cada vez que leamos nuestro propio «sígueme» y «se levantó y lo siguió», recibamos el combustible necesario para seguir caminando junto a Él, para seguir amándolo, basado todo en este encuentro personal con Cristo.

Jesús no echa largos discursos, no entrega un programa  al que adherirse, no hace proselitismo, ni da respuestas prefabricadas. Cuando se dirige a Mateo dice sencillamente: “¡Sígueme!”. De esta manera, despierta en él la fascinación de descubrir un nuevo objetivo, la apertura de su vida a un “lugar” que va más allá de la  mesita donde está sentado. El deseo de Jesús es poner a la gente en camino, sacudirlas de un sedentarismo letal, romper la ilusión de que podemos vivir felizmente  siguiendo cómodamente sentados entre nuestras seguridades. Este deseo de búsqueda, que a menudo habita en los más jóvenes es el tesoro que el Señor pone en nuestras manos y que tenemos que cuidar, cultivar y hacer brotar.»
(Palabras de S.S. Francisco, el 21 de octubre de 2016, al recibir a unos participantes de una pastoral).

San Mateo

Reflexión de San Beda el Venerable, presbítero

Homilía 21 (CCL 122,149-151)

Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme. Sígueme, que quiere decir: «Imítame». Le dijo: Sígueme, más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él.

El -continúa el texto sagrado- se levantó y lo siguió. No hay que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible.
Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de su fe, comienza su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de desempeñar. Pero, si deseamos penetrar más profundamente el significado de estos hechos, debemos observar que Mateo no sólo ofreció al Señor banquete corporal en su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y por su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su interior, según aquellas palabras del Apocalipsis: Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos.
Nosotros escuchamos su voz, le abrimos la puerta y lo recibimos en nuestra casa, cuando de buen grado prestamos nuestro asentimiento a sus advertencias, ya vengan desde fuera, ya desde dentro, y ponemos por obra lo que conocemos que es voluntad suya. Él entra para comer con nosotros, y nosotros con él, porque, por el don de su amor, habita en el corazón de los elegidos, para saciarlos con la luz de su continua presencia, haciendo que sus deseos tiendan cada vez más hacia las cosas celestiales y deleitándose él mismo en estos deseos como en un manjar sabrosísimo