18 de agosto. Sábado de la XIX semana del Tiempo Ordinario

agosto 18, 2018

Ermita de Campolivar

  • 19:00 Misa del Domingo XX del Tiempo Ordinario

Templo de las Carmelitas

  • 20:00 Misa del Domingo XX del Tiempo Ordinario

Aviso

No habrá misa de domingo en la Ermita del Salvador del 5 de agosto al 2 de septiembre incluido

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (18,1-10.13b.30-32):

Me vino esta palabra del Señor: «¿Por qué andáis repitiendo este refrán en la tierra de Israel: “Los padres comieron agraces, y los hijos tuvieron dentera?” Por mi vida os juro –oráculo del Señor– que nadie volverá a repetir ese refrán en Israel. Sabedlo: todas las vidas son mías; lo mismo que la vida del padre, es mía la vida del hijo; el que peca es el que morirá. El hombre que es justo, que observa el derecho y la justicia, que no come en los montes, levantando los ojos a los ídolos de Israel, que no profana a la mujer de su prójimo, ni se llega a la mujer en su regla, que no explota, sino que devuelve la prenda empeñada, que no roba, sino que da su pan al hambriento y viste al desnudo, que no presta con usura ni acumula intereses, que aparta la mano de la iniquidad y juzga imparcialmente los delitos, que camina según mis preceptos y guarda mis mandamientos, cumpliéndolos fielmente: ese hombre es justo, y ciertamente vivirá –oráculo del Señor–. Si éste engendra un hijo criminal y homicida, que quebranta alguna de estas prohibiciones ciertamente no vivirá; por haber cometido todas esas abominaciones, morirá ciertamente y será responsable de sus crímenes. Pues bien, casa de Israel, os juzgaré a cada uno según su proceder –oráculo del Señor–. Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos, y no caeréis en pecado. Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo; y así no moriréis, casa de Israel. Pues no quiero la muerte de nadie –oráculo del Señor–. ¡Arrepentíos y viviréis!»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 50,12-13.14-15.18-19

R/. Oh Dios, crea en mí un corazón puro

Oh Dios, crea en mi un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R/.

Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,13-15):

En aquel tiempo, le acercaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos los regañaban.
Jesús dijo: «Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.»
Les impuso las manos y se marchó de allí.

Palabra del Señor

Comentario

MATEO 19:13-15

Amigos, en nuestro Evangelio de hoy Jesús nos propone que el Reino de los Cielos pertenece a aquellos que son como niños. ¿Por qué? Por empezar, los niños no saben cómo disimular, como ser de un modo y actuar de otro. Son lo que son; actúan de acuerdo con su naturaleza más profunda. La frase “Los niños dicen las cosas más sorprendentes” es porque ellos no saben cómo ocultar la realidad de sus reacciones.

En esto, ellos son como las estrellas, las flores o los animales, son lo que son, inequívocamente, sin complicaciones. Son de acuerdo con lo que Dios ha deseado para ellos más profundamente.

O dicho de otro modo, ellos todavía no han aprendido a cómo mirarse a sí mismos. ¿Por qué puede un niño sumergirse en lo que está haciendo, con tanto entusiasmo y completamente? ¿Por qué puede encontrar alegría en las cosas más simples, como empujar un tren en círculo sobre las vías o ver un video una y otra vez, o patear la pelota de un lado a otro? Porque no está mirándose a sí mismo, porque puede olvidarse de él, no estar consciente acerca de las reacciones de otros, de sus expectativas, de su aprobación.

Tengamos en cuenta que parecerse a un niño no tiene nada que ver con ser poco sofisticado, mediocre, o infantil. Santo Tomás de Aquino fue uno de los más dotados hombres que jamás haya vivido, uno de los más grandes intelectuales en la historia de la Iglesia, una de las mentes más sutiles en la historia de Occidente. Sin embargo, las palabras que se usaban una y otra vez para describirlo fueron “inocente” y “parecido a un niño”.

Ser parecido a un niño tiene que ver con un enraizamiento en aquello que Dios quiere que seamos. Tomás de Aquino nació para ser teólogo y escritor, nada lo apartaría de ese rayo de luz: ni las críticas de sus enemigos, ni los halagos de sus superiores religiosos, ni las tentaciones de convertirse en obispo. Él fue y permaneció siendo quien Dios quería que fuera, y así fue como una gran montaña o una flor o, ciertamente, un niño.