12 de agosto. XIX Domingo del Tiempo Ordinario

agosto 11, 2018

Templo de las Carmelitas

  • 10:30 Misa
  • 20:00 Misa

Ermita de Campolivar

  • 11:30 Misa

Primera lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (19,4-8):

En aquellos días, Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!»
Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!»
Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.»
Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 33,2-3.4-5.6-7.8-9

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias. R/.

El ángel del Señor acampa
en torno a sus fieles y los protege.
Gustad y ved qué bueno, es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,30–5,2):

No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

Palabra de Dios

Evangelio

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,41-51):

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»
Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.”
Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Palabra del Señor

alabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
En el siglo primero los recorridos que la gente hacía podían durar días e incluso semanas, de forma que debían unirse diversas personas para cuidarse unos a otros. Caminaban a un mismo ritmo, a una misma dirección, a una misma meta. Al compartir el tiempo y el pan, surgía una relación. Al sentirse acompañados no se ocultaban ni desaparecían las dificultades, pero rompiendo con los obstáculos que alejan, como la autosuficiencia, y buscando la unidad, sabían que siempre contaban con un amigo a su lado.
Nosotros vamos por el camino de la vida y no podemos ir solos. Necesitamos compañía. Por eso Dios ha querido recorrer este camino a nuestro lado. Se trata de un Dios que permanece junto a nosotros y que da el impulso para levantarnos cada día. Así, el Padre se ha preocupado por darnos el alimento que da las fuerzas para seguir adelante. Se trata del Pan que da la vida.
Esta compañía, que Dios da gratuitamente, sólo pide que nos dejemos acompañar cada vez que vamos a la Eucaristía y escuchamos interiormente sin la ayuda de palabras. Es en el sagrario donde podemos ver, sin hacer uso de nuestros ojos, podemos sentirnos acompañados al estar delante de un pedazo de pan que sin manos, da palmadas de consuelo, y sin pies, camina siempre a nuestro lado.
Cristo se ve necesitado de nosotros en la medida que nosotros le necesitemos. Por eso optó por darse como alimento que da las fuerzas. El camino es largo y Él lo sabe.  Nos comprende y también nos sabe exigir para que seamos más conscientes de lo mucho que valemos. La compañía que Cristo ofrece desde el sagrario implica un encuentro constante y, por pura gracia, se va haciendo profunda y personal.
Pero debemos permanecer a su lado.

«El Señor sale a nuestro encuentro con una fragilidad amorosa que es la Eucaristía. En el Pan de vida, el Señor nos visita haciéndose alimento humilde que sana con amor nuestra memoria, enferma de frenesí. Porque la Eucaristía es el memorial del amor de Dios. Ahí “se celebra el memorial de su pasión”, del amor de Dios por nosotros, que es nuestra fuerza, el apoyo para nuestro caminar. Por eso, nos hace tanto bien el memorial eucarístico: no es una memoria abstracta, fría o conceptual, sino la memoria viva y consoladora del amor de Dios. Memoria anamnética y mimética. En la Eucaristía está todo el sabor de las palabras y de los gestos de Jesús, el gusto de su Pascua, la fragancia de su Espíritu. Recibiéndola, se imprime en nuestro corazón la certeza de ser amados por él.»
(Homilía de S.S. Francisco, 18 de junio de 2017).